miércoles, 18 de marzo de 2009

Luces

La luz de la linterna nos dio de lleno en las caras, cegándonos ¡Salgan todos del coche! ¡Rápido! Salimos los seis, pálidos y con los corazones desbocados. Era el Buenos Aires de la dictadura y de la cautela (palabra desconocida a los 17 o 18 años). Sábado por la noche con amigos, en un coche aparcado, decidiendo donde ir, haciendo el tonto. Tres parejitas besuqueándose completamente ajenas a la terrible situación vivida en el país. Una calle oscura en un bonito barrio porteño. ¡Suban todos al camión! ¿Camión? ¿Qué camión? No veíamos nada. No podía apartar los ojos de aquella especie de ametralladora que llevaba el policía, nos apuntaba, nunca había visto un arma. Nos dirigimos confundidos hacia donde se suponía que debía estar el camión, solo lo vimos cuando estuvimos a un metro de distancia, la oscuridad era tal que entorno y camión se confundían. Antes de subir, la orden fue apoyarnos en él con brazos y piernas abiertas para el cacheo general. Palparon nuestros cuerpos con violencia, buscando armas. Mis piernas no dejaban de temblar, pensaba en el disgusto que daría a mi madre, me mataría, estaba segura. Subimos tropezándonos unos con otros, caminamos a tientas. Los murmullos llegaban a mis oídos. Una voz áspera pedía un caramelo, otra un cigarrillo, voces curtidas, voces de la calle. Prostitutas y chulos. Nos sentamos detrás. Los chicos mudos. Gaby lloraba. Liz se meaba. Yo alucinaba. Llegamos. Metieron a los chicos en un calabozo y las chicas permanecimos en recepción, esperando ser interrogadas. El poli que me tocó no era tan malo ni desagradable como los otros. Le supliqué que no dijese a mi madre que me encontraba en un coche con mi novio (Carlos, un encanto), me sorprendió que me dijese que lo tendría en cuenta, me ayudaría. Volví a recepción, me senté junto al teléfono con mis amigas, ninguna de ellas tenía intención de llamar a casa, no tuve mas remedio que llamar a la mía. Mi madre contestó preocupada y ansiosa, por la hora. Vendría a recogerme y sacaría también a las chicas del problema. Mi remordimiento creció al comprobar que estábamos muy lejos de casa, tendría que coger un taxi, a esas horas, con ese frío... Una hora después pude ver el taxi aparcando, me puse de pie para ir a su encuentro pero el poli no me lo permitió. Recuerdo la escena perfectamente, en cámara lenta. Su palidez, su abrigo largo y oscuro sobre el camisón, su gesto de alarma. La vi cerrar la puerta del taxi, vi uno de los extremos de su abrigo quedar atrapado al hacerlo, vi al taxi arrancar, vi la sorpresa en su rostro, la vi comenzar a correr sin poder evitarlo, la vi caer y gritar al taxi que se detenga, vi a los polis correr hacia afuera al ver la escena, vi cómo era arrastrada por el taxi. Mamá lo siento, mami perdón, por favor, no volveré a salir, seré buena el resto de mi vida, ya lo verás..Mis manos crispadas ocultaban mi rostro, no podía respirar. Alguien me abrazó, me habló suavemente, 'tranquila, no ha pasado nada, tu madre está bien, solo han sido unos golpes, se recuperará'. Hay sucesos en la vida que obviamente se superan con el tiempo, pero nunca, nunca, se olvidan. Lo siento mamá, hoy ya no estás, pero yo todavía lo siento.

14 comentarios:

LA CALLE VACÍA dijo...

Todos tenemos recuerdos similares. Parece que me leas la mente mi querida amiga, hoy iba a escribir de cuando me encuentro triste, que no sé porqué mi mente se vuelve retro y mira hacia atrás....
Seguro que tu mami lo sabe, un beso guapa.

TitoCarlos dijo...

No sé que decirte, Andrea. He pisado comisaría varias veces, en España, que no era lo mismo, y ahora solo lo cuento como anecdota; incluso me río.
Pero en ningún caso fueron trágicos. No me tocó que lo fueran.
Es importante que no olvides esos momentos. Forman parte de tí, y de tu acertada forma de ser.

Un beso,

Adolfo Payés dijo...

Preciosos sentimientos que siempre nos acompañan aveces son tristes o lamentos y otros son de los mejores. pero tu texto siempre formidable...

saludos fraternos con mucho cariño..

un abrazo

Antonio Castellón dijo...

Hola, Andrea.
Impresionante y crudo relato, que huele mucho a realidad.
Es muy curioso observar las formas que usa la vida algunas veces para decirnos algo de un modo tajante.
La protagonista del relato recordaría sólo a medias aquel suceso de su juventud, si no fuera por el detalle último de ver a su madre arrastrada por el suelo.
Ese sentimiento de "culpa" es el que quedó indeleblemente grabado. Quién sabe si para evitar alguna otra cosa peor.

Un saludo, Andrea.

Logan y Lory dijo...

Todos tenemos recuerdos que nos culpan o nos hieren. Todos nos equivocamos en algún momento y sin querer hacemos daño a quien menos lo merece. Pero somos humanos y nos arrepentimos. El sincero arrepentimiento nos enseñan a no volver a caer en el mismo error.

Estremecedor y tierno relato.

Un abrazo

coco dijo...

Hay cosas que quedan tatuadas en la piel. Otras en el alma. Y otras en los dos sitios a la vez. Un besazo para ti, y otro para quien ya no está. Seguro que allí donde esté, estará orgullosísima de ti.

Andrea dijo...

Gracias Santi, un beso.

Andrea dijo...

Si, Tito, no se me olvidan, ya ves, lo recuerdo con lujo de detalles. Un abrazo.

Andrea dijo...

Adolfo, te agradezco el elogio, un abrazo fuerte.

Andrea dijo...

Hola Antonio, si, en este caso huele a realidad porque lo es. Es cierto lo que dices, un episodio como éste lo hubiese olvidado por completo con los años, y sin embargo, ha quedado grabado a fuego, por ese crudo detalle. Un abrazo. Gracias por la visita.

Andrea dijo...

Gracias Logan y Lory. Todavía me arrepiento. Un abrazo.

Andrea dijo...

coco, gracias por tus palabras, imagino que lo estará, aunque después de eso hubo muchas tratadas más, no pude cumplir mi promesa de ser una buena niña y portarme bien. Aunque me conocía, sabía que era un trasto pero con buen corazón. Un beso!

Elisa dijo...

Jo Andrea, que triste me puso tu texto. Las cosas que suceden en dictadura son terribles, injustas y para colmo se deshacen con el tiempo...como si nunca hubiese pasado. Pero sí pasa...y es tan injusto! Siento mucho que tú o cualquiera de tu círculo tuviese que pasar por aquello...

Estoy convencida de que tu madre no te culpo por ello...

Millón de besos

Ruth L. Acosta dijo...

Andrea...

Estoy segura que tu mamá, estaría dispuesta a pasar por ese terrible momento, con tal de correr a salvar a su hija... Estoy segura que cuando vio que estabas bien, se quedó tranquila...

Te mando un beso, gracias por compartir tus recuerdos...