miércoles, 20 de noviembre de 2013

No escritora

La No escritora que escribía, esa era ella. Escribía, pero no deseaba ser escritora. Los motivos eran muy suyos y variados pero podía resumirlos, se sentía abrumada por la mentira. Demasiada mentira. Necesitaba un poco de verdad, la mínima, la justa para sentirse real. Cuando le urgía una dosis de verdad con desesperación, salía al exterior descalza, posaba sus pies sobre la tierra húmeda y miraba el cielo con voracidad. Si llovía mejor, el agua la purificaba. Andaba despacio, deseaba sentir cada instante a su manera. Le hubiese gustado atreverse a hacer lo necesario para llegar al éxito. No pudo. Tuvo miedo. Le hubiese gustado, pero supo que no sería capaz de mantener las cosas bajo control si lo conseguía, siempre fue demasiado consciente de su fragilidad. Sin embargo, le hubiese gustado. Algunos nacían con demasiada intuición, no dejaba de ser un fastidio, siempre aparcando entre sus ganas y sus temores. Necesitaba dejar huella, sabía que la suya podía ser deliciosa, a las pruebas se remitía, pero no deseaba mirarse al espejo y no encontrar aquello que necesitaba encontrar, la plenitud sobre la que había trabajado desde siempre, dependía de ella. El orgullo le salía por los poros cada vez que la veía. Pero a veces no lo conseguía y entonces sufría. Tragaba y escupía dolores pasados. Oteaba el horizonte en busca de una oportunidad para redimirse, y es que en su fuero más íntimo pensaba que aquel sufrimiento era merecido. Su pequeña cruz. Perdía su capacidad para razonar, nada tenía sentido, se convertía en un pequeño e insignificante gusano listo para ser pisoteado. Ansiaba con furia una suela fría sobre su cabeza. Se imaginaba en una plaza de toros sosteniendo débilmente el capote para enfrentarse a todas sus frustraciones. Algunas llegaban en grupo, otras eran más discretas, casi compasivas. Tras una extensa lucha se rendía agotada, el temor iba desapareciendo para dar paso a una fortaleza que se presentaba de pronto, casi siempre iba unida a la rutina. Luego llegaba el momento de agradecer lo conseguido, escuchar a los amigos, atender lo que no debía ser desatendido. Llegaba el alivio. La hora del disfrute. Llenarse de dulces, dormir abrazando, soñar con lo turbio, crear sollozando. 

3 comentarios:

Jessica Esquiva dijo...

Ya no escribes?? He leído y reeleido todos tus post y todos los dias entro a ver si publicaste algo nuevo. Espero que vuelvaa pronto un saludo.

Andrea dijo...

Hola, Jessica. Muchas gracias por tu comentario. Estuve algo enferma pero ya me estoy recuperando. Un gran abrazo amiga.

Jessica Esquiva dijo...

Volviste ;-)